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Si el hecho salesiano es un don de Dios, un carisma para la Iglesia y la Humanidad, debemos reconocer, que “la devoción a María Auxiliadora es un elemento imprescindible de este carisma, impregna toda su fisonomía y da vida a sus diversos componentes”.
Don Bosco, siempre tan sencillo y concreto, repetía mirando el pasado: “María Auxiliadora ¡Ella lo ha hecho todo!” Y proyectando su mirada profética al futuro: “Propagad la devoción a María Auxiliadora y sabréis lo que son milagros”.
Estas dos frases de Don Bosco son un compendio breve y jugoso de la Mariología salesiana. Podemos certificar que se han realizado en el pasado y se actuarán en el futuro.
¿Cómo se verificará esta compenetración, esa especie de simbiosis entre lo mariano y lo salesiano? Ante todo, casi sin darse cuenta, siendo fieles a las exigencias del propio ser vocacional, en el cual está implicada necesariamente la Virgen, por voluntad de Dios. Más claro: no hay ser salesiano, no hay rostro salesiano, no hay vida salesiana sin María Auxiliadora.
La presencia de María ha estado ligada, desde el principio, a la misión salesiana en la Iglesia, que es misión de juventud y de pueblo, de elevación social y fermentación cristiana. Ella dirigió el corazón de Juanito Bosco hacia los muchachos y ella se constituyó en Madre y Maestra de Don Bosco, educador cristiano. Bajo su magisterio realizó sus grandes intuiciones de formador de juventudes. Entre ellas una fundamental: que la bondad debía guiar siempre sus pasos en la búsqueda, en la relación, en la llegada al corazón de los jóvenes. Este sistema salesiano de la bondad acogedora, lo aprende el salesiano en el corazón de María.
Y Ella también, cuando el educando guiado y acogido, la descubre como Madre, le compromete, para que junto a su educador trabaje en hacer de su vida cristiana un alegre compromiso en la construcción de una comunidad, de una familia, de la cual la Virgen es el estímulo, el modelo.
Así, la presencia de María se convierte, poco a poco, en el motor impulsor y en el modelo acabado del constante hacer comunidad, hacer Iglesia, que es el objetivo fundamental de toda verdadera educación cristiana.
Para el Salesiano, María es Madre de la Iglesia. Por ello la invoca siempre como auxiliadora del pueblo cristiano.
Con el auxilio de esta Madre de la Iglesia, la familia salesiana quiere aportar su granito de arena a la construcción del Reino de Dios. La juventud pobre y el pueblo sencillo son el tajo particular que ella les ha buscado para que, unidos a las demás fuerzas de la Iglesia de Dios, logren entre todos la utopía cristiana: “Que todos seamos uno en el corazón del Padre común”.
Algo de esto viene a significar María Auxiliadora para el ser y el hacer, para la vida de Don Bosco y los Salesianos.
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